"Reflexiones de una actriz en cuarentena"
- El Rostro NegadoMX

- 30 mar 2021
- 8 min de lectura
Xilonen Chacón
Conozco y me reconozco en el arte, en la cultura. Es un espejo que me ha permitido ver mis demonios y mi luz más profunda. En el teatro he visto al amor a los ojos. Cada historia resuena en mi ser creadora y cada vivencia lo potencia. Ya no me veo en otros mares y mi llamado fue escuchado, ahora ya no soy impune al desgarre que me provoca escuchar y ver como cada día me transformo. Veo al otro como el creador absoluto en mi escucha, en mi memoria. Juntxs somos unx mismo. ¿cómo sucumbir al abrumador Baco que en algún momento se insertó en mi memoria, en la memoria de mis padres y de mis ancestros? Confío en que cada día suma a mi mundo interno y que el ahora es lo que representa mi yo actriz.
Un día, desperté muy temprano. Los martes y jueves toca madrugar para alcanzar al camión de la basura. Lo primero que hice fue un poner un poco de música. Para estas horas, Angie de los Rolling Stones es una excelente idea, inmediatamente mi cuerpo empezó a recordar miles de sensaciones que devienen de esta canción. Pasado el medio día, salí a dar una caminata por mi barrio. Una escena me conmovió muchísimo, en el fondo del parque, junto a la iglesia, un señor y una señora que no pasaban de sus cincuenta, se miraban fijamente, fingían casarse y después de muchas carcajadas, ella lo miró a los ojos y le dijo: prométeme que en cuanto esta maldita pandemia termine, nos vamos a casar. Vamos a bailar hasta que los pies no nos respondan y a tomar todo el pulque que se nos antoje, recuerda que mi favorito es el de piñón. Rieron de nuevo y se juraron, se prometieron, aquella fiesta que nunca iba a suceder. Semanas después el señor había muerto de SARS COVID- 19 y la misma señora estaba en la misma iglesia llorando desconsolada. ¡Te voy a alcanzar, viejito, te voy a alcanzar! Se me rompió el corazón y me dieron unas ganas tremendas de ir a decirle que todo estaba bien, que la muerte conoce perfectamente a sus presas y que tarde o temprano a todos nos va a alcanzar. Pero aquel alarido de rabia me hizo entender que no era cierto, que quizá la vida sí es injusta y la muerte despiadada. Detrás de esta escena, perfectamente desgarradora, un grupo de jóvenes, envueltos en los efectos de la mona de guayaba, escuchan Bichota y perreaban tambaleándose entre el equilibrio de sus piernas y el efecto del thinner en su sangre. En menos de diez minutos veo un mundo que definitivamente supera a la ficción, me siento vacía y regreso a mi casa, sintiéndome completamente insignificante en el mundo.
Pienso que el arte es una forma de desahogo y de resistencia al mundo, es ese pequeño momento en el que todo se detiene para darnos una caricia en el corazón, sin embargo, creo fervientemente que el arte transforma.
«Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.» Este es quizá uno de los aforismos más recurrentes de Heráclito, el filósofo del siglo VI a. C.
Las palabras de Heráclito me hacen todo el sentido del mundo, una vez que cruzas ese río, nunca podrás ser el mismo.
El mecanismo transformador que nos brinda el arte ha sido dado por hecho por muchos años.
Desde que era muy pequeña sentí el llamado del arte, del teatro, sin saber o imaginar que años más tardes iba a ser mi profesión. Recuerdo el impulso vital de estar frente al público, la necesidad de ser vista y escuchada; estaba ávida de atención. Muchos años achaqué esto a mi carácter explosivo y a mi energía desbordada que necesitaban ser canalizadas en algo productivo. Me recuerdo en la escolta, en el concurso de oratoria, del himno nacional, baile prehispánico, charlestón y demás categorías. Pisé diversos escenarios saciando mi sed de ser vista. Ahora, tantos años después me doy cuenta de que el llamado estaba siendo escuchado, inconscientemente, por mi yo de ocho años. El arte y la cultura me acompañaron desde mis primeros pasos y nunca se fueron, estuvieron conmigo en el primer libro que leí sola y hasta esta pandemia que me volvió loca en muchas ocasiones.
Entonces un día me pregunto ¿qué es cultura?, ¿qué es arte y qué hago para contribuir a esas experiencias que me han cambiado la vida? Me cuestiono aquellas actividades artísticas en las que he participado, y más allá de decidir qué es arte o no, cuestiono si éstas me transformaron; y la respuesta es sí, siempre sí.
Comenzaré por decir que, hasta antes de escribir este texto, nunca se me había ocurrido buscar exactamente la acepción de Cultura, busco en mi querido Google: cultura.
Si estás esperando que te cuente qué es cultura con peras y manzanas, esperarás en vano porque me encontré tantos significados que mi cerebro hizo únicamente un enredo en el que terminé viendo un debate sobre dos universitarios que discutían si la cultura esto, que si la cultura lo otro, con argumentos tan aprendidos que paré. Así que empezaré por el principio.
La etimología de la palabra Cultura, viene del latín colere, que significa cultivar. Tal vez esto suene muy obvio, pero cultivar me dio la clave para continuar. Cuando uno cultiva, utilizando literalmente el significado de la palabra, prepara la tierra para después cosechar lo que sembró. Esto es parte de un ciclo, naturaleza pura. Lo mismo sucede con la cultura, nosotros preparamos el terreno para después cosechar aquello que sembramos con tanto corazón, desde la espiritualidad y el sentido, abonando con técnica, con información, y con tantas cosas que intervienen que florecen los resultados en nuestros corazones, en nuestra alma.
Me atrevo a decir que la cultura transforma, embellece y también informa. La cultura no tiene que ser precisamente bonita, también cala y duele.
Se puede decir que la cultura nos da valores como individuos y como sociedad. Aporta al inconsciente colectivo y se cuela en nuestra forma de ser y de ver el mundo.
La cultura también le da individualidad al país donde vivimos, les da color gracias a las tradiciones, las costumbres y los hábitos que desarrolla en cada rincón. Pienso en México como en un lugar lleno de cultura, sí, pero también en un lugar que da por hecho que existe y hace que se vea como algo separado, desmembrado que únicamente ocurre en el festival del 10 de Mayo en las escuelas o en los festivales de día de muertos. Y es por eso que el arte y la cultura son rezagados el resto del año. Nos sentimos más orgullosos cuando gana la selección mexicana que cuando cantamos el himno nacional y después de clavarme en el por qué, me doy cuenta de que viene desde nuestra educación más básica.
Para entender un poco más, citaré al antropólogo Edward B. Taylor:
La situación de la cultura en las diversas sociedades de la especie humana, en la medida en que puede ser investigada según principios generales, es un objeto apto para el estudio de las leyes del pensamiento y la acción del hombre.
Entender nuestra cultura desde la raíz, nos ayuda a entendernos como sociedad; es el latido que tenemos en común, el corazón de nuestras raíces y nuestras acciones.
Para mí, entonces, la cultura es lo que me conforma.
La cultura se hace en comunidad, esto implica no solo al momento de crear, también al momento de recibir.
Hoy en día me topo con pared al llegar a mis propias conclusiones. Después de entender a la cultura como este tatuaje en conjunto que nos define, que nos presenta ante el mundo me indigna ver como damos por hecho nuestros signos y nos quedamos con lo más banal e insignificante de ellos. Ver como, el sentido patriótico y cultural tomó un sentido vacío, frívolo, donde enseñar y aprender, desde el cuerpo, desde la entraña, no tiene ningún sentido. Nos encontramos en el punto de “al pueblo pan y circo”
Por que sí, hacer arte, hacer cultura, entenderla, consumirla es un acto político porque edifica sociedades, las vulnera y las transforma. Entonces, ¿por qué a nuestros gobernadores les importa tan poco? Para los griegos, el teatro era educativo, era todo un ritual al que la población asistía para educarse a través de las voces que veían de frente. El arte como ritual, la cultura como ritual, como rutina está muerta en nuestro país. Un país que no tiene la rutina de cultivarse, de enterarse del mecanismo de nuestras raíces.
Hace un tiempo leí un artículo de Byung-Chul-Han que hablaba de la pérdida de los rituales, de la importancia y estructura que estos nos dan y cómo el tiempo se hace habitable gracias a ellos, pequeñas cosas que nos permiten ocupar el mundo y que nos anclan a nuestra realidad, ahora el tiempo está habitado por tantas cosas sin sentido que damos por hecho este esfuerzo por seguir caminando por la cuerda floja al escuchar una canción al despertarnos o al ver una pintura que nos traspasa. Y, es que, eso hace el arte, nos ayuda a caminar la cuerda floja del día a día de una manera más transitable.
Creo en el concepto de cultura como un concepto todavía utópico para nuestro país. Creo que la cultura es un privilegio del que pocos gozamos. Veo a nuestra cultura permeada por la globalización y mediatización de una manera burda y dolorosa. Lo veo como un sector que elige perfectamente sus batallas, qué sí y qué no enseñar a la sociedad. Creo que la cultura es tibia en México, que no va hasta sus últimas consecuencias, que busca disfrazar de arte piezas que aleccionan de maneras panfletarias al pueblo. He visto como las escuelas carecen de educación artística y sus primeros acercamientos al teatro tienen que ver con obras que fomentan el machismo, que satanizan las drogas y que ponderan la virginidad como único método anticonceptivo. Confío en el teatro como herramienta transformadora porque lo he visto, lo he sentido en mi propio cuerpo. Yo sí creo que el arte puede cambiar al mundo, es una afirmación peligrosa, pero darle un sinsentido se mete no solo con la moral que me han enseñado desde pequeña, sobre todo con mi ética.
En una clase de historia del teatro, una maestra nos dijo que la poesía es un músculo que hay que ejercitar constantemente, al principio parece no pasar nada, pero una vez que te adentras en las palabras, en las formas, en los ritmos, ese músculo agarra suficiente fuerza, la fuerza creadora. Entonces veo al arte y a la cultura como un ejercicio continuo que nos urge fomentar. No me gusta dar brochazos y decir que todo es mediocre, pero creo que a la cultura en México le hace falta ser tomada en serio. Ver nuestro quehacer como algo prioritario, quitarnos esta mala costumbre de pensar que el artista se va a morir de hambre, porque fomentamos la miseria que esconde esta frase debajo. Tenemos que empezar a dignificar nuestro trabajo, dejar de romantizar la cultura y no verla como un sacrificio a nuestras necesidades básicas. Dejar de solaparnos y hacernos responsables de lo que estamos mostrando.
La libertad deviene de la responsabilidad y conciencia de nuestras decisiones que tomamos al crear.
Al escribir este texto, definitivamente me cuestiono más sobre mi quehacer como actriz, cómo el arte y la cultura juegan un papel muy importante y al mismo tiempo me pregunto qué tan condescendiente he sido a lo largo de mi vida con ellos. Ser consciente y tener una postura propia ante mi carrera, me ha hecho sentirme fuera miles de veces, pero como alguien me dijo una vez, esta es una carrera de necios y yo agregaría, de necios que no van con las normas establecidas de la sociedad.

Actriz y productora egresada de la carrera de actuación en Casazul (2017) y diplomada por el CEUVOZ(2013) ha trabajado con directores como Mauricio García Lozano, Viridiana Olvera, José Caballero y Octavio Michel Grau. Recientemente participó como actriz en la obra “Irving” escrita y dirigida por David Grimaldo y en el espectáculo multidisciplinario “Migraciones del ser” dirigida por Ingrid Cebada como productora ejecutiva. Actualmente es parte del elenco de la obra “Algo en la Ruta nos aportó otro paso natural” de Gabriela Guraieb y Misael Garrido, dirigida por Juan José Tagle. Miembro activo del colectivo Café con Leche de la Cooperativa Cuartzo Artes Escénicas y Visuales.



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