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"Para la banda"

Yolotlpatli Piña



Me he enraizado en un sitio donde las voces se replican, los corazones laten y los pies marchan, a veces entre tierras y piedras de río; los hombres y mujeres resguardados entre las montañas. Me planto y pienso, ¿qué se mira?, ¿qué se toca?, ¿qué se siente?… Volteo, observo, contemplo… qué agradecida estoy por estar donde tengo que estar, en medio de una comunidad que no sólo es cálida, sino una comunidad que se resiste a las diferentes ideologías, la mancha urbana, la gentrificación y hoy en el presente; una pandemia.


Renovación, cambio, circulación…. Renovación, cambio, circulación.


Durante el tiempo que llevo viviendo y estudiando en Cuernavaca, he podido, por una parte, reconocer y vivir las tradiciones que aún perduran en el estado, que son muestra, a veces, de teatralidades que han quedado obsoletas, olvidadas o reemplazadas por quizá otras más recientes, innovadoras o que “prometen ser propuestas reveladoras”, por otra parte, es la cuna de creadores que, más allá de una producción escénica apantallante, encuentra su verdadera esencia desde ese núcleo que los vio crecer, la tierra, el campo, los caminos… Basta con voltear a las esquinas de cada calle y se hallará una mujer, un señor, ejerciendo un oficio, un quehacer, una labor.


En México el 75% de la población vive en ciudades; el crecimiento de la Ciudad de México, en comparación con los demás estados a nivel artístico, cada vez tiene más y más oferta y demanda, por tanto, la Ciudad de México es víctima del fenómeno de migración al llegar cada vez más personas que quieren una mejor calidad de vida, seguridad, empleos y que, ideológicamente, se cree que es “mejor”. Eso último era algo que se me cuestionó mucho al llegar a Cuernavaca, ¿Qué haces aquí si allá la calidad artística es mejor? me costó trabajo desconfigurar en mí la idea de que solo en la Ciudad de México se hacían obras de teatro con actores virtuosos, dentro del cánon estético y evidentemente atrás de unx directx prestigiosx, como muchas veces escuché decir de compañeros o amigos, idea de la cual nunca fui partidaria por la carencia de sentido de pertenencia, es decir, desde mi formación académica me di cuenta que era diferente al perfil estético que establece la sociedad y por los que muchos años de mi formación crecí con inseguridad. Juzgué mi trabajo por mi color de piel o mi forma de ser, actuar, vestir, por mi identidad u orientación sexual, porque delante mío había un director que creía el teatro era simplemente resaltar los dotes estéticos con los que no nací y

no todo el trabajo y disciplina que se comparte al entregarse por completo a este tan bello quehacer escénico. Evidentemente, al paso de los años y madurez personal, comencé a modificar también mi propia perspectiva de mi “yo” en el teatro, como una mujer que no entra en un perfil eurocentrista, no busca que le acepten por su imagen y tampoco requiere de popularidad y reconocimiento superficial.


He visto crecer a las generaciones que me acompañaron en el viaje académico; he visto a mis colegas, hermanxs y compañerxs, luchar, gritar, alzar la voz desde trincheras propias y compartidas demandando a la institución y a las organizaciones que no hacen más que callarnos y detenernos en una tarea que reconocemos es prescindible para paliar la violencia, impulsar a los jóvenes a actividades en pro de la cultura, a no callar los crímenes que suceden no solo en nuestro estado, sino en todo el país, de manera benevolente y sin reafirmar la violencia y la negatividad, sin normalizar, pero sí abriendo una puerta que en su interior contiene discursos, posturas, pensamientos, deseos de recordar nuestras ciudades de origen, las huellas de nuestros pies en el asfalto, en el escenario, en el semáforo, en el parque, en la esquina, en el cansancio de subir la sierra para que allá arriba, en el centro de la montaña, compartamos lo que afuera consideran no ser atractivo para la industria de entretenimiento, encontrando no solo un discurso escénico, sino un sin fin de experiencias que se comparten y brindan a través de la red que desde hace dos años me abraza, con sus integrantes, desde los fundadores hasta las nuevas generaciones que continúan contando la historia del teatro latinoamericano: “ENCUERARTE”.


Una red de encuentros de arte en donde todos cabemos, con las diversas luchas de transformación social, manifestándose en un teatro lúdico, antisistémico, empático, sororo, comunitario, combativo; donde no existe la necesidad de recriminarnos nuestro propio trabajo, ni pensar que lo que hacemos está mal o no es suficiente para todos aquellos individuos que juzgan el trabajo como dictadores. Buscando un teatro con identidad, diverso, profesional y comprometido, fuera del clasismo, el blanquismo, sin elitismos y sobre todo sin estéticas discriminatorias.


Esta red se extiende a algunos estados del país como Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Morelos, Estado de México y Ciudad de México y a algunos países como Chile, Argentina y Colombia. En México cada estado organiza sus encuentros nacionales e internacionales de teatro, “se convoca a la banda”, inmersos en un mundo lleno de diálogo, discusiones, obras, piezas, monólogos, conciertos, bailes, fiesta, pero sobre todo; comunidad, libertad y respeto. Comunidad que se inunda de lxs hermanxs que está ahí rifándose con su trabajo, que recorren kilómetros para compartir escena, dramaturgia, talleres, charlas. Así entonces me fui empapando del teatro, del quehacer, de la “Talacha”.

El teatro no solo sucede en un escenario, dentro de un gran recinto o donde todos quisieran presentarse y mostrarnos por lo que se ha trabajado meses, noches y días enteros. A veces en la cotidianidad, mientras mi compañere Emi y yo hacemos malabares en el semáforo que está ubicado en la iglesia del Calvario, aquí, en Cuernavaca, vemos pasar a pie o en autos a la comunidad artística que se aloja, así como nosotros, en esta ciudad, y es bella la imagen de abrazarnos con una sonrisa, con un saludo atrás de la ventanilla del auto, de la ruta, del cubrebocas y repetirnos una y otra vez que, no hay espacio que nos limite a hacer lo que queremos, sin miedo a salir despeinados, a mostrar el cuerpo como es, el color de la piel, el olor del sudor del trabajo, sin la vanidad de un buen peinado o ropa bonita, sin el deseo de aceptación; creamos, co creamos y rompemos el cerco del escenario para desbordarnos en todas direcciones gritando: ¡Esto es lo que somos!. Una morra llena de curiosidad, de lucha contra su inseguridad y su deseo de expandir la mirada, de mostrarle al niño que vende dulces y hace vueltas de carro en el semáforo que, no somos competencia, que no somos el enemigo, al contrario, que un día, como ha sucedido, armamos entonces un gran espectáculo para los transeúntes o conductores bloqueados, alienados por una sociedad que etiqueta, empaca, sella, restringe, calla.


De las veces que llego a la escuela, aún, con más curiosidades de elementos que encontré allá a fuera y que me han permitido hacer de la escuela no solo un espacio de aprendizaje, sino de liberación, contenedor de preguntas en mi cuerpo, en mi espíritu, que agradezco realcen el valor de mi trabajo y no de mis nalgas o mi “belleza femenina”, que se me valore por esto que soy y que contengo. Por los años que llevo aquí, empezando desde cero a reconstruir mi propia imagen e interpretación del mundo.


Agradezco entonces los años recorridos, mismos que me han reafirmado y repetido en constantes ocasiones lo bonito que es mirarme y saber que mi color de piel es apiñonado y que tengo una nariz pequeña y respingada, que puedo un día pararme y gritarle al mundo que estoy orgullosa de los lunares que tengo, de jugar con unas clavas en el crucero y luego llegar a clase para montar nuestra obra escolar de Lorca, Lonesco, Brecht.


Que el pensamiento critico no es una forma de crear caos o discusiones sin justificación, sino repelar todas aquellas manifestaciones de discriminación o clasismo, que todavía por momentos se quieren colar dentro de mi salón de clases, montajes o trabajos; que he encontrado una voz de denuncia, de agradecimiento, de curiosidad, del teatro mismo. Que no cesan mis ganas de tocar la guitarra con las letras de Violeta, de Mercedes, de Jara. Que ahora yo misma empatizo con La gruta, con Los Mascarones, con Teatro Anónimo, Colectivo Anima, San se acabó, El Moro, La brujas y demás compañías que compartimos ese mismo amor por lo que hacemos; que observo con impresión las montañas, las barrancas y los caminos desnivelados de la ciudad llena de jóvenes que hoy conforman muchas compañías de teatro independiente, comunitario, colectivos, que son parte de mi crecimiento y que se conjuntan con un fin común:trabajar y aportar en Morelos no solo su visión, que también luchan por ser creadores integrales sin dependencias, buscando espacios alternativos como jardines, casas, museos, estacionamientos, azoteas de edificios, la sala de mi casa y que no se han detenido por una pandemia, transportándose también al mundo multimedia, creando o adaptando su trabajo a nuevos medios que nos permiten acercarnos a la otredad ahora que no podemos salir a las calles. Que no se busca sólo ser unx reconocidx más del medio, que se tiene algo que decir, algo que compartir y también algo que aprender del pueblo, de la comunidad, de la banda.


Una vez, al despertar, estaba bajo un cielo despejado y azul, azul intenso; había llegado de la Ciudad de México a un estado conocido pero lleno de misterios… Una vez era la foránea, hoy ya no; una vez era la lesbiana, hoy ya no; una vez era la chavaruca que no acababa la carrera, hoy ya no. Una vez me puse a escribir lo que he vivido, pero hoy… ya no. Se los comparto con amor, bajo un árbol que me tira nanches en la cabeza, aislada en cuatro paredes, con calor y un deseo intenso de abrazar a todes.


A Aketzaly, al El Rostro Negado MX y toda su comunidad.

Para Yolotlpatli, Manu, Yess, Emi, Yuls, Cristo, Dagmar, Quique, Maciel, Alejandro y Natalia.




Mi nombre es Yolotlpatl Piña, tengo veinte y tantos años. Soy oriunda de la Ciudad de México, sin embargo, llevo casi un lustro bajo los Flamboyanes, las ceibas y el calor primaveral de Cuernavaca, Morelos. Soy una mujer, ciudadana del mundo que siempre trata de tener una sonrisa, un abrazo... la de las aventuras extrañas, con una música interior latente que siempre recorre su ser. Soy actriz profesional, estudiante y a veces una ser curiosa que quiere aprender todo. Eso me ha llevado a jugar con la iluminación escénica, el clown, la actuación y la dirección; dentro de la Compañía Teatro Anónimo, o colaborando con diferentes colectivos y/o compañías del Estado de Morelos. Me interesa mucho el teatro comunitario e independiente y la investigación de formación y construcción de redes de arte para la visualización de proyectos, puestas en escena, piezas, etc, etc. en materia de artes sobre todo fuera de la Ciudad de México.

 
 
 

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