"Por los que no hubieran partido…"
- El Rostro NegadoMX

- 13 ene 2021
- 5 min de lectura
Actualizado: 15 ene 2021
*Alejandra Castro
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.
Eliseo Diego
Ese amigo muestra ahora su nebulosa sonrisa en nuestras fotos de Año Nuevo o Navidad. Si esto fuera la película de terror que parece ser, podría verse un montaje: 128 mil rostros mexicanos festejando con ponche el haber sobrevivido a uno de los años más complejos de la historia reciente, sin notar al invitado secreto en la orilla de la foto. A esos rostros podrían sumarse más de un millón de caras con todas las gamas posibles de colores en la piel, edades variopintas, ojos de mil morfologías; todos festejando Thanksgiving, Ramadán, Oseibo, Hanukkah, o muchas otras fiestas que “no pueden posponerse” porque son parte de la vida, como el amigo de la muerte colado en nuestras fotos.
Esto no es un regaño. Creo que nadie está libre de pecado. Yo por lo menos no voy a fingir estarlo. A lo largo del año comí barbacoa en el mercado, tomé cafés, fui a reuniones íntimas falsamente seguras, llevé a mi madre al VIPS y al terminar, literalmente, lamió el plato. Me dijo que no había comido algo tan rico en mucho tiempo, harta de la comida en la casa de retiro. De formas diversas todos conocemos ya muy bien ese hartazgo de lo cotidiano. Las paredes de nuestro cuarto nos marean con su blancura. Aun así, es vital comprender un hecho importante: tener paredes es un privilegio.
De los nueve millones de habitantes que viven en la Ciudad de México, se calcula que entre 2000 y 4000, no tienen paredes de las cuales hastiarse. Factores como mala nutrición, antecedentes de tuberculosis, VIH y otros padecimientos crónicos hacen de la población en situación de calle, junto con los migrantes, los individuos en mayor riesgo a nivel mundial. Su vulnerabilidad es tal que el gobierno de la Ciudad de México ha establecido procedimientos y protocolos para atender específicamente a este sector; una medida indispensable sin duda pero, personalmente, temblaré de pánico el día que el gobierno, cualquiera que este sea, se posicione cómo la única respuesta de la sociedad. No puede ser, no debe serlo. La sociedad tiene que tener instituciones no politizadas como la familia o las comunidades; es momento de fortalecerlas, extenderlas, reconstruirlas. Tan humano e ineludible como fue tener que vernos, tiene que ser el unirnos para pensar y actuar como especie.
El virus, con su automatismo de replicación lo entiende claramente: infecta, crece, se reproduce sin distinguir de una persona a otra. Por nuestra naturaleza sociable, la humanidad es un huésped idóneo. La única lección positiva que puede concluirse del COVID, es que la humanidad necesita estar más hermanada que nunca. Toda barrera artificial: dinero, nación, raza, creencias, edades, filias o fobias políticas, todo se desmorona frente a algo tan inefable como un virus. O aprendemos a conceptualizarnos en la sólida unidad que la crisis nos revela, o no sobreviviremos a esta vieja realidad, que ahora más que nueva, es innegable. El tema más profundo aquí, no es solo un virus, ni es sólo la era de resistencia bacteriana y mutaciones virales, es la necesidad de una sociedad global.
Esto no es “una crisis más”, debe ser el inicio de una nueva normalidad. Según el diccionario Oxford, “the new normal”, es una circunstancia previamente inusual o poco familiar que se convierte en la nueva constante de forma súbita. Se atribuye el entendimiento actual del término, a un artículo de Bloomberg, titulado: “Post-Subprime Economy Means Subpar Growth as New Normal in U.S.”, publicado en mayo de 2008, más de diez años antes de esta crisis de salud. En dicho texto, los autores, Rich Miller y Mathew Benjamin, especulaban correctamente, que las secuelas de las crisis crediticias ocurridas en ese año, conformarían una nueva normalidad para la economía estadunidense y mundial; hecho que resultó indiscutible a posteridad.
Ahora la nueva normalidad no golpea a un constructo abstracto como lo es el mercado de valores, es tangible como la irritación del uso excesivo de gel antibacterial y el cubrebocas; irónicamente se cuestiona más su existencia. Nadie pone en duda el “acuerdo social” de una devaluación, pero sí hay voces negando un virus, negando filas de carrozas fúnebres.
El virus tiene sus grandes ventajas evolutivas, se adapta y se reproduce, sin sentir, sin cuestionar. La humanidad debe centrarse en las suyas. Más que en cualquier otro momento de la historia, podemos comunicarnos, no sólo con palabras, hechos científicos, o argumentos raciocínales, y quizás por encima de todo, con lo más íntimo del ser humano: empatía. Adaptarnos y mutar socialmente, juntos por el beneficio de la especie. Sé que suena utópico, pero ante la distopía se necesita la utopía. Es ahora o nunca.
En diciembre de 2019 enterré a mi padre, víctima de otro agente infeccioso, una superbacteria que, como me dijo a media voz una enfermera, “llevaba dos años matando a todos en ese piso”. En el ISSSTE de Emiliano Zapata, en Morelos, papá contrajo esa bacteria, ahí peleó contra ella, ahí pareció ganarle por unos meses, ahí finalmente falleció. Un año antes de su muerte, tuvo una falla respiratoria, y tuvimos que entubarlo. Lo vi recobrar la conciencia sin poder hablar. Lo vi delirar la primera semana sin respirador. Como a un infante, volví enseñarle a comer solito, y sin oxígeno en el cerebro, aventó la cuchara, me hizo pucheros: mi padre, P.H. D, por la Universidad de Texas, fundador del posgrado en psicología de la UNAM. Lo llevé a fisioterapia, y lo vi desplomarse en el suelo porque ni él ni yo teníamos la fuerza para sostenerlo en la silla. En eso momento, pensé que eso era un infierno. Ahora entiendo que fue un honor y un privilegio. Quienes entuban a sus padres hoy en día, no los ven recuperarse casi nunca.
Si hay un momento para la unidad y la humildad debe de ser este, en nombre de nuestros médicos, enfermeras, camilleros, personal de limpieza hospitalaria, por los que no debieron morir. Debemos actuar como sociedad, como familia, como el virus mismo nos concibe.
*Egresada de la UNAM de la carrera de Literatura Dramática y Teatro. Becaria de la f,l,m (Fundación para las Letras Mexicanas) 2012-2014 en el área de dramaturgia. Autora: Brava y Navaja (Tierra Adentro). Guionista del programa aprendiendo a educar a los niños del siglo XII para DGTV y fundación Banorte. Directora de Contenido Creativo en Trasfondo.buzz. Dramaturga, narradora, poeta y ensayista con colaboraciones publicadas de revistas y en las antologías de teatro y poesía: Voces y Cuerpos, Poemas de la Pandemia. Edi Bitácora52, Tierra Adentro, Este País, Moira entre otras.




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